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Del precio del vino

Del precio del vino

Del precio-calidad al precio-placer

Por Juan Manuel Bellver

Durante décadas hemos repetido que un vino tiene una buena o mala relación calidad-precio como si la calidad pudiera medirse con la misma precisión que los grados de alcohol o el contenido de una botella.

Mi amigo Sacha Hormaechea, tabernero filósofo, suele rebelarse contra esa expresión. Él prefiere hablar de relación precio-placer. Y cuanto más tiempo paso comprando, vendiendo y, naturalmente, bebiendo vino, más razón creo que tiene.

Porque ¿qué entendemos exactamente por calidad? ¿Concentración? ¿Complejidad? ¿Longitud? ¿Una determinada puntuación? Un riesling ligero y eléctrico, un fino servido bien frío o un beaujolais fragante pueden proporcionarnos mucho más placer en un momento concreto que un tinto solemne, poderoso y técnicamente irreprochable que cuesta cuatro veces más.

El consumidor parece estar llegando por su cuenta a conclusiones similares.

NielsenIQ y World Data Lab describen en su último estudio global un mercado cada vez más polarizado. Los consumidores suben de precio cuando entienden claramente qué reciben a cambio y bajan de categoría cuando esa justificación resulta confusa. El segmento más incómodo empieza a ser precisamente el medio: productos que no son suficientemente baratos para competir por precio ni suficientemente especiales para justificar el premium.

En bebidas alcohólicas, la tendencia resulta todavía más interesante. NielsenIQ señala que el 55% de los consumidores internacionales sigue dispuesto a pagar más por una bebida de mayor calidad y que, con un presupuesto limitado, el 63% preferiría una o dos bebidas buenas antes que cuatro o cinco de tipo estándar. Bebemos menos, quizá, pero queremos equivocarnos menos.

También el International Wine and Spirits Research acaba de poner en cuestión el concepto tradicional de premiumization. Entre 2022 y 2025, el aumento medio del precio por litro de las bebidas alcohólicas quedó sistemáticamente por debajo de la inflación mundial. Y el propio instituto concluye que hoy el consumidor busca “valor en el verdadero sentido de la palabra”, no simplemente productos más caros. En vino, los segmentos premium resistieron mejor que los de gama media durante 2025, pero incluso ahí el comprador exige argumentos cada vez más claros para pagar la diferencia.

¿Y qué puede aportar placer suficiente para justificarla?

A veces, la procedencia. Beber un borgoña de un minúsculo grand cru o un single vineyard escaso y cotizado de un bodeguero en auge de un país lejano nos permite acceder a algo difícil de reproducir en otro lugar.

Otras veces es la rareza. Una variedad casi desaparecida, una viña centenaria, unas pocas barricas o la botella de un productor al que seguimos desde hace años.

Puede ser también pura sensualidad: frescura, perfume, textura, energía, capacidad para hacernos salivar y pedir otra copa.

Y existe un placer menos contrastado, pero extraordinariamente importante: el del entorno y la oportunidad. El champagne que abrimos para celebrar algo, el blanco sencillo que bebemos frente al mar, aquel tinto que funciona milagrosamente con un plato. Ningún análisis químico puede medir esa clase de calidad.

Esto no significa que todo sea subjetivo ni que el precio deje de importar. Precisamente al contrario. Cuanto más cuesta una botella, más razones debería proporcionarnos para recordar por qué la compramos.

He probado vinos de 15 euros que parecían regalar algo en cada trago y botellas de tres cifras cuya principal virtud consistía en recordarnos continuamente cuánto habían costado.

Ahí empieza, a mi juicio, el verdadero desafío para bodegas, distribuidores y retailers. No basta con decidir que queremos “premiumizar” una gama subiendo precios, poniendo más peso en el vidrio o utilizando palabras como selección, reserva o edición limitada. El consumidor actual parece dispuesto a pagar más, pero quiere entender la razón.

La pregunta ya no debería ser únicamente si un vino ofrece buena relación calidad-precio. Quizá convenga hacerse otra bastante más sencilla y, al mismo tiempo, bastante más difícil: ¿cuánto placer va a dar esta botella por lo que estoy queriendo cobrar por ella?

Como (casi) siempre, Sacha tenía razón.